Por el sol

Alguien preguntó en redes sociales si existía algo así como el equivalente de la depresión de invierno, en verano. Escuchamos siempre de que la falta de luz, o bien sus cambios en la primavera, pueden generar una desestabilización; pero poco se dice del exceso de sol y su capacidad de encandilar la consciencia. Quizá porque Occidente ha hecho de la noche y sus metáforas el lugar del miedo. Los antiguos, en cambio, temían al día, pensaban que dos horas antes y dos horas después del mediodía, el alma podía ser asaltada por el demonio. A ese mal se le llamó acedia o demonio de mediodía, algunos lo tradujeron como pereza, y más tarde como depresión, pero sería más exacto nombrarlo tedio.

Hoy se le llama a casi todo estado perturbado del ánimo depresión, pero es muy probable que el estado que reclamaba la persona en redes sociales fuera el hastío que produce el tedio. “El día no termina nunca”, le respondía alguien, “siento que sería capaz de matar”, “es imposible dormir”, replicaban otros. Tienen razón. El estado que describen no es melancólico, porque no reclama ningún pasado, tampoco desesperanza, porque su problema no es con el futuro; lo que hay en el hastío es desesperación, porque el problema del tedio es con el presente. El tiempo en el tedio se rompe, no progresa, como el insomnio. Es una catástrofe del tiempo que hace que las cosas no nos digan nada, o bien sean ruinas de un pasado que no se pierde, que no termina nunca.

En la acedia el sol está como detenido, el día parece de cincuenta horas, decía el monje Póntico en el siglo IV.

El tedio se expresa como fatiga, pero también como hastío. El hastío es una experiencia extraña, es un hambre de nada, es un vacío de lleno. Es asco. El asco es la reacción a lo que no se puede digerir. Para Walter Benjamin la acedia era expresión de sumisión total al destino, el tedio es impotencia.

La depresión es una cobardía respecto del deseo, se desea no desear, porque el deseo en sí es problemático, nos genera conflictos. Mientras que el tedio es la imposibilidad de desear, es como querer comer cuando no hay lugar para más en el cuerpo. ¿Qué más se quiere entonces? Vomitar, dormir, castigarse, castigar a otro a veces. Por ejemplo, Meursault, el protagonista de El extranjero de Camus, responde al juez por qué disparó al árabe: a causa del sol. Se rieron de él, otros se escandalizaron, pero el hombre no mentía. “Hacía ya dos horas el día no avanzaba, dos horas que había echado el ancla en un océano de metal hirviente”, en esa desesperación disparó, no una, sino cuatro veces a un cuerpo que yacía inerte.

Es cierto que no se habla de la depresión de verano, pero sí de la locura. Las estadísticas muestran que en climas calientes suben los crímenes. Los antiguos ya sabían que el tedio no solo se manifiesta como flojera, sino también como agitación.

“Destruí el equilibrio del día”, dice Meursault en la novela. Para Kierkegaard el aburrimiento es la raíz de todos los males. Cada cierto tiempo aparecen asesinatos que, si bien nunca son justificables, hay algunos cuyo absurdo hace sospechar que a veces se busca el golpe para provocar que algo pase. ¿Y ahora qué pasa? Le preguntaba el protagonista de La Naranja Mecánica a sus “drugos”, y pasaba, por ejemplo, golpear y quemar a un vagabundo, porque sí, por nada. Lo mismo ocurre con la crueldad, como compartir imágenes de un suicidio o destruir a alguien en el trabajo o en redes sociales.

Aunque mucho más acá de los crímenes, las personas a veces arruinamos las cosas por tedio, y logramos lo que Meursault dice a continuación de haber destruido el equilibrio del día: (destruyó también) el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. Quizá es la forma de empezar una historia donde no hay nada, donde el tiempo yace enfermo de un presente inmóvil.

Es cierto que el aburrimiento empuja a la creatividad –para bien y para mal–, pero el hastío del tedio es otra cosa que el aburrimiento común. Es una especie de encierro en la mismidad temporal y corporal. En el tedio la cronología es un pasado que no pasa y un futuro que no llega, por lo tanto, todo es igual, todo es eterno en el peor sentido de la eternidad. Como la de los vampiros, muertos vivos que necesitan la sangre de otro para continuar, aunque con pesadez, una existencia. Esas cosas se dicen en silencio por compasión, porque el tedio se asocia a depresión, y esta a enfermedad, pero los aburridos aburren, piden todo a cambio de nada.

La muerte hace precisos a los seres humanos, escribió Borges. Y es que peor que morir, a veces es el horror, es la sensación de que nada acaba, que todo se repite. La eternidad es el tic tac del reloj. Es preciso que las cosas acaben alguna vez, perderlas, enterrarlas, hacer duelos, para poder vivir se necesitan límites. Para no ser vampiros. Y contra la tragedia de asumir, como el melancólico, que la vida es pura pérdida, a veces se encuentra lo eterno, pero de otro modo, en un instante único. Es la eternidad que se repite en la perfección de lo redondo, algo muy distinto al infinito del tedio.

Cuando estamos aburridos hablamos del clima. Camus en otra de sus novelas, La peste, describe la ciudad donde esta comienza. Por efecto del clima, amar, trabajar y morir en ese lugar se hace todo igual, con una aire frenético y ausente. La gente se aburre y adquiere hábitos, los mayores trabajan siempre para enriquecerse, los jóvenes tienen deseos violentos y breves. Se trata de una ciudad desesperante que no cree en la plaga, pero eso a la plaga no le importa. A veces una catástrofe es la que, paradójicamente, le viene a poner un límite a la catástrofe de lo que anda solo, a los sistemas de vida que avanzan sin sentido.

El aburrimiento es paradójico, puede llevar a comenzar una infidelidad, pero a la vez, el mismo aburrimiento puede llevar a terminar con el affaire. Lo mismo una revolución. El tedio frente a un estado de cosas la enciende, pero el hastío de los modos revolucionarios también la apaga. En su novela Los demonios, Dostoievski describe un clima de fin de ciclo. El tiempo de los zares llegaba a su fin, la generación siguiente, una especie de intelectuales de invernadero, sin ser capaces de agarrar su época para hacer algo, por comodidad o por lealtad a los mayores, profundizaron el tedio y la desesperación de la época. Combinación que habría incubado a “los demonios” de la novela, la generación joven, quienes, nostálgicos del desastre, se fascinaron con el fuego. El narrador se sitúa en la bisagra de las generaciones, ironiza con los que quedaron entre los viejos y los jóvenes, quienes por vanidad habrían caído en un sopor cómodo; pero tampoco cree en los más jóvenes por su extrema fascinación con el fuego. Hay tiempos en que destruir es más excitante (y estético) que construir.

Los tiempos de crisis de época son propicios, como muestra de forma magnífica Dostoievski, para climas que oscilan entre la lata, el hastío, el entusiasmo con la hoguera y las esperanzas intensas, pero de pronto demasiado fugaces.

El último año ha circulado la pregunta por el clima mundial, y estos días esa pregunta se ha intensificado en Chile. Sé que el tedio y el aburrimiento no tienen prestigio como categoría de análisis crítico. No sé bien por qué. “Todo tuvo su origen en el aburrimiento”, escribió Dostoievski en Memorias del subsuelo. “¿Cuándo empieza la bruja? Lo digo sin vacilar: en tiempos de desesperación”, escribió Michelet en La bruja. El tedio tampoco es una categoría clínica, se la confunde con depresión. Es menos estético que la melancolía y suena demasiado banal para ser pensado como uno de los motores de la historia. El aburrimiento es tan feo como los aburridos, cuya cara, no es otra que la de culo.

Como sea, no puedo evitar pensar que el “Hasta que valga la pena vivir” del estallido social en Chile, tenga algo que ver con la ciudad de La peste, un lugar desesperante. En un tiempo desesperante. Y no sería raro que eso que estalló, haya sido provocado, en parte –quizá su energía subterránea– por aburrimiento. La sensación previa era que no pasaba nada, de que nada podía pasar porque todo ya había sido probado. “La gente se aburre porque ya ha hecho todo lo que podía hacer. Así que, ahora, el miedo a la muerte es lo único que emociona”, dijo Marilyn Manson en la década de los noventa. Lo dijo a una generación que nacía en el fin de las cosas, en las cosas post.

De algún modo, hubo un momento de carnaval en la revuelta, y tal como la vida, paradójica, fue ese mismo ánimo excesivo el que aburrió al punto del rechazo y la desafección con el proceso constituyente. Su estética y su lenguaje comenzaron a parecer algo ridículos: primer síntoma del tedio. Todo indica que ahora comienza otra fase de desesperación profunda.

Ante la pregunta por el clima en Chile, diría hastío. Hastío de los efectos pospandemia, la inflación, la violencia social, un duelo no elaborado, la fatiga de un año en que jugamos a la normalidad con todas sus exigencias, cuando pensamos por un segundo que la peste cambiaría algo. Hastío de los excesos: de información, de opinión, de mentiras y exageraciones, de lenguajes delirantes en el campo público. Hastío de lo que se perdió, hastío con lo que viene, que parece no venir. Hastío que ya se transformó en desinterés. Hastío por el calor, hastío por un tiempo detenido. El tedio, no es sino estar bajo un sol que no permite encontrar una salida, el tedio es encierro.

A fin de cuentas, como escribe Pessoa en El libro del desasosiego: somos climas sobre los que gravitan amenazas de tormenta, realizadas en otras partes. Tal es la sensación de vacío cuando se pierde el sentido en común.

Hay escrituras sobre el tedio desde muy antiguo, pero en la Modernidad se transforma en un problema crítico. No por nada las sociedades, el poder y el negocio, se encargan de proveer entretenimiento (¡y hasta felicidad!) a la ciudadanía.

El sentido del mundo una vez muerto Dios, pasó a ser el humano mismo. Sin más allá, el mundo es un mero más acá. La trampa de la inmanencia, es decir, de buscar el sentido en uno mismo, en la identidad, es que trae muy pronto el hastío de uno mismo. Y provocan el encierro en categorías que dejan a cada quien en su lugar, a cada quien con sus iguales. Se pierde lo más interesante de los encuentros, las relaciones inesperadas. Las relaciones mucho más que la identidad, son un posible “más allá” laico.

En un mundo sin trascendencia, otra tentación es buscar un “más allá” en lo nuevo, en la moda. Pero la moda es un sometimiento a algo ya escrito. Otra vía es la trasgresión. Buscar el “más allá” en la intensidad. ¿Qué hay más allá del placer? La muerte, respondió Freud.

En Saló de Pasolini, la hipérbole de la búsqueda de placer deriva en lo escatológico, en trasgredir el asco, para terminar en la tortura y la muerte. Lo mismo en Crush, la película de Cronenberg, donde los protagonistas anestesiados del placer sexual, buscan en los choques de autos, en los que participan, despertar de su tedio existencial. Lo mismo en su última película, también adaptación de una novela, “Crímenes del futuro”: los nuevos vicios son las cirugías, no para embellecerse, sino para sentir algo fuerte en el cuerpo.

Ambas películas insinúan que el sexo parece una función no solo inútil, sino que insuficiente.

Hay tiempos en que Eros es incapaz de contener a Tánatos.

Si lo nuevo es una trampa y lo quieto insoportable. ¿Qué queda?

Siempre se pueden buscar paraísos inventados, por ejemplo, en pasados apócrifos o futuros carentes de la complejidad del abismo humano. Ideas que olvidan que el paraíso debió ser muy aburrido, quizá por lo mismo Dios, también aburrido, inventó la tentación. La historia solo comienza en la caída. Quizá lo único que valga la pena del paraíso, era la sombra de los árboles. Las historias tras la caída son siempre en el desierto, expuestos sus protagonistas a la intemperie del sinsentido.

La nostalgia, al menos la mía, es de una sombrita, una para descansar, pensar y volver a comenzar. Al fin y al cabo, el aburrimiento, como la muerte, no son cosas que tengan arreglo (o bien, algunos arreglos siniestros), sino que se comienza cada vez, ante cada fracaso, pérdida, cada dolor. Como el mito de Sísifo: cada vez que se llega arriba con la roca, esta cae cuesta abajo y se debe comenzar la tarea otra vez. Es el absurdo de la vida. Sin embargo, es en esa tarea donde ocurren las historias. Desde luego, si aún pensamos que narrar tiene sentido.

En la caída puede ocurrir que dimos un beso y empezó a urdirse una trama o, incluso, si tenemos suerte, encontramos un oficio, un deseo o un lenguaje, y que como todo sentido que valga la pena, no se busca para usarlo como excusa para vivir, sino que le dedicamos la vida. El sentido es, de algún modo, obligación, no mercancía. Menos un jingle.

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