Viajar por la historia para verla el primero

Imagen: BBC.

Mi padre fue historiador. No lo digo por presumir, sino porque si algo aborrecía, si existía una distorsión de la realidad capaz de angustiarle, era la inexactitud Por ejemplo, si reproducías una anécdota y para seducir añadías melodrama, adjetivos, pimienta, a los hechos desnudos. Con la ficción también sufría. Recuerdo que tachó a Francisco Umbral cuando en Capital del dolor el novelista hizo desfilar a los moros de Franco por las calles de Valladolid… ¡el 18 de julio del 36! ¡Cuando ni tan siquiera habían cruzado el Estrecho! Qué decir de Pedro Almodóvar, que en una película introducía un discurso radiofónico de Fraga ejerciendo de ministro en una fecha en la que el gallego aún no lo era. Supongo que no concebía la posibilidad de sostener el relato ficcional sobre un cataclismo de citas, cifras y datos equivocados. O sea, que distinguía entre ficción y faction, poesía y magnesia, claro, aunque solicitaba al novelista que, puesto a incardinar su relato en un tiempo determinado, fuera fiel a los hechos históricos.

Mientras camino por las fobias paternas recuerdo otro familiar animalito: la historia-ficción, tipo: ¿Qué hubiera ocurrido si Hitler gana la guerra? ¿Si Cartago vence a Roma? ¿Si mi abuela no hubiera sido mi abuela sino mi abuelo, con cien cañones por banda viento en popa a toda vela? Ahí, directamente, precipitabas la huida de mi progenitor cual elefante africano ante campechano monarca, de esos que primero descorchan paquidérmicas seseras y luego, contritos, imploran perdón, «perdóooname, he sido ingrato, te quiero taaanto, perdóooname, te quiero taaanto, que yo sin tiii, no sé viviiir mi amooor».

No añoro un momento de la historia por nostalgia, curiosidad, simpatía, perversión, candidez, vicio o cachondeo, por romántico o descreído, porque la realidad me aplaste o porque necesite leer hasta entrada la noche y en invierno viajar hacia el sur. Qué peligro, despeñarse por el filo apache. Qué miedo, escribir cosas tipo hubiera soñado con cabalgar las grandes llanuras y cazar búfalos, emular al Guerrero del Antifaz, a Gary Cooper que estás en los cielos, a la Pimpinela Escarlata o incluso a la mitad masculina, o femenina, tanto da, del dúo Pimpinela, castigando neuronas al gangoso ritmo de «Olvídame y pega la vuelta». Me gustaría, no crean. Quisiera decir que lo mío hubiera sido navegar con el capitán Cook o el temido Drake y fondear mi goleta en Tahiti o Point Reyes. Embarcarme, un suponer, junto al hombre que cartografió las costas de Nueva Zelanda. Acompañar en sus correrías al corsario británico al que sus compañeros devolvieron al mar frente a las costas de Panamá tras fallecer de disentería y vestir al cadáver con su armadura. Escribir sobre las emoción de alcanzar las Islas Sándwich del Sur o la feraz Hawai. O pelear contra la Invencible y ser prófugo de Felipe II. Quisiera entregarme, un suponer, a la canción marinera y que «la potencia extendida de las aguas, la inmóvil soledad llena de vidas», la nerudiana vastedad del gran océano, o sea, bañaran mi imaginación de grumete que acompaña a John Silver el Largo durante sus viajes. Quisiera, pero me lo impide la casi puritana fobia de mi predecesor ante las ensoñaciones románticas. Algo me dice, en fin, que una vez trasladado al siglo XVI o XVIII, a la hora del dolor de muelas, del polvo sin pololos, de la axila desprovista de desodorante, crecido en la era de la pantalla táctil y la vacuna de la polio y el bendito blu-ray, mi sensibilidad contemporánea gemiría horrorizada.

Antes que imaginarme en un contexto histórico, caminando por un tapiz demasiado lejano y graaande (el Madrid de los Austrias, los años de la Prohibición, etc.), como para adivinar cual sería el grado de confort que experimentaría, me conformo con especular qué hubiera hecho ante sucesos, digamos, menos definitivos. No, por ejemplo, ante la rebelión de Espartaco o el descubrimiento de las Indias Occidentales, sino frente a, un suponer, las convulsiones del mundo artístico. Son conmociones de mesa camilla, nada que ver con la piedra fundacional que supone abolir la esclavitud o invadir Polonia. Tomemos las primeras exposiciones de los impresionistas. Hartos de una academia que exigía mamársela al gusto oficial para exponer obra, cuelgan sus cuadros ajenos al docto runrún de los apolillados profesores de Bellas Artes que controlaban quién triunfaba y quién sufría el destierro. Como era previsible, la mayoría, de entre la minoría a la que le interesaba, interesa e interesará la pintura, consideró sus óleos una afrenta al buen gusto, la tradición, el canon, los usos y costumbres heredados. Dio igual. Los Monet, Renoir, Cézanne, Degas, Pisarro y demás genios perseveraron en la gozosa afrenta. Al primer salón alternativo le sucedió otro, y otro, y otro, hasta sumar ocho revolucionarias exposiciones en otros tantos años. Inolvidable el artículo del crítico Louis Leroy. Mofándose de Impresión, sol naciente, de Monet, acaba a su pesar bautizando al grupo. Sus piezas son un ejemplo de ceguera monstruosa, mucho más habitual de lo que imaginamos cuando alguien hace zozobrar los paradigmas artísticos con los que nos hemos criado.

Otro pararrayos: Bob Dylan, 1965. Ciego de simbolismo y anfetas propina una sonora patada al movimiento folk y aparece en el Festival de Newport con un rotundo grupo eléctrico y amplificado. Fue histórica la llantina de Pete Seeger y cía, el boicot de los santones que veían en el muchacho al mesías que estaba salvando el género de la irrelevancia a base de talento mayúsculo, imaginación y carisma. No comprendían, nunca lo entienden los mediocres, que Dylan era su propio estilo. Infiel y cambiante como corresponde al genio. Incapaz de plegarse a consignas colectivas porque el arte, el verdadero, el que penetra hasta el tuétano, no tiene otro señor que su muy egoísta y aristocrática necesidad de buscar aquello que mejor le alimenta. Y Bob Dylan, cansado de ser confundido con un portavoz generacional o predicador izquierdista, necesitaba virar. Mezclarse con el rock and roll. Experimentar con la poción que había vislumbrado en la versión que los Byrds hicieron de su «Mr. Tambourine Man». El hereje, no contento con reventar Newport, publica en pocos meses Higway 61 Revisited y Blonde on Blonde. Dos aldabonazos mercuriales de alucinada potencia y bastarda filiación rock y country que le reportan una gira enloquecida. Con buena parte del público silbando su propuesta por juzgarla reaccionaria o comercial. Ese mismo sector, traicionado por el ídolo, celebraba la primera parte de aquellos conciertos, acústica, sin percatarse de que Dylan alargaba las sílabas, los solos de armónica, los acentos, con una entonación perversa y burlona, ciego de heroína y cansancio ante la cerrazón de sus admiradores. Es fama que durante el concierto de Manchester, al final de la segunda parte del espectáculo, puramente eléctrica, un espectador le grita «Judas». Dylan responde «No te creo, eres un mentiroso». Entonces se gira hacia sus acompañantes, la futura The Band, para pedir que toquen «Jodidamente alto». Segundos después arranca una apocalíptica revisión de «Like a Rolling Stone» a un volumen tan suicida, cantada con una convicción tan violenta, que desde el escenario uno juraría que volaban cuchillas. A punto estuvo de demoler los tímpanos del teatro. Como puede comprobar quien haya leído las biografías de Dylan firmadas por Heylin y cía, o visionado el documental No Direction Home de Martin Scorsese, abundaban los fanáticos despechados. La indignación era evidente. Solo los más intuitivos y eclécticos de entre los asistentes concluyeron que la razón estaba de parte del cantautor rockero y su botiquín repleto de canciones venenosas. En un artículo para la revista Efe Eme dedicado a Dylan, a cuenta de su reciente viaje a China, cité a Javier Ortíz: «Su inconformismo, el de entonces y el de ahora, le ha llevado siempre a rebelarse, primera y principalmente, contra los intentos de etiquetarlo, de encasillarlo, de hacerlo predecible». Resulta todavía más claro otro párrafo debido al propio Dylan. Pueden encontrarlo, ampliado, en el primer y gozoso volumen de sus memorias, Crónicas:

«No tengo la menor idea de qué pensaban. Poco después, aparecía un artículo con el titular: «Portavoz niega su papel de portavoz». Me sentía como un trozo de carne que hubieran echado a los perros (…) Tiempo después me endilgaron títulos anacrónicos diversos, menos comprometedores, aunque aparentemente más solemnes: leyenda, icono, enigma (…) cosas así, pero no me molestaba. Eran calificativos anodinos e inocuos, trillados, fáciles de manejar. Profeta, mesías, salvador… esos son más duros.

La respuesta dylanita ilumina hasta qué punto los seguidores de un creador, de un género, de una corriente, somos vampiros. Vampiros, añado, conservadores. Incapaces de probar otros alimentos que la vieja sangre que tanto apreciamos. A menudo la misma que nos nutría mientras disfrutamos nuestros primeros descubrimientos vitales.

Así las cosas, resulta natural que la música amada se corresponda con la que fue banda sonora de nuestra infancia y adolescencia. Ojalá pudiera clamar no soy de esos, no busco un arte repetitivo, sombrío en su estéril y fácil complacencia con los paradigmas sancionados, procuro mirar sin orejeras y escuchar con los ojos abiertos como escotillas. Complace suponer que situados en la Francia del XIX hubiéramos respondido a la manera de Baudelaire, incansable defensor de un Manet al que consideraba demasiado frágil ante los ataques de la crítica, o que en el caso de recibir el vinilo recién cocinado de «Subterranean Homesick Blues», en 1965, seguiríamos el camino visceral de un Paul Williams, fundador de Crawdaddy!, alineado con el audaz Dylan frente a sus odiadores.

La realidad es que, por más que me aplico en vencer la natural resistencia a lo nuevo, a menudo me encuentro en la tesitura de reconocer que los discos que prefiero, las películas que amo, las novelas, cuadros y canciones donde busco refugio son las de siempre. O bien aquellas de entre las nuevas que siguen las directrices largamente apreciadas por mi paladar irremediablemente enganchado a unos sabores. Incluso en materia de elixires soy fiel a la bebida de mi juventud, el whisky, por más que antes lo bebiera en grandes cantidades, peleón y con cola, y ahora prefiera racionarlo y elija el Malta escocés. Si es Lagavulin, mejor. Neurólogos y biólogos habrá capaces de explicarlo. Desde luego el fenómeno de la oposición al cambio ha sido estudiado por los gurús de la organización empresarial. Tampoco olvido que las religiones, siempre alérgicas a cualquier convulsión, basan la seguridad de sus respectivos chiringuitos en convencernos de que mejor no removemos nada y dejamos para el Gran Hacedor las mudanzas. La inmanencia es su reino y la vida implica choque dialéctico, destrucción y renovación. Las religiones, por contra, hacen negocio de la muerte, puro silencio geométrico, eternidad ciega a la que se abonan para, fundadas en el miedo, garantizarse la supervivencia. Su chollo se basa en el acojone general que provoca la novedad y su inevitable cosecha de incertidumbres. Mejor brazo incorrupto conocido de una santa Teresa que célula madre por conocer.

Me pregunto, al fin, si servidor también milita en la Orden de los Cobardes. Cada vez que en este texto me he asomado a un suceso creativo rompedor, he retrocedido. Por precaución. Por pudor a fardar de una audacia que no sé si hubiera merecido. Soy hijo de un padre cartesiano, que desconfiaba de los ejercicios experimentales referidos a la historia. Si bien, recalco, su asepsia solo funcionaba hacia atrás: que no creyera en las bondades terapéuticas de la historia-ficción no significa que no apostara por el cambio social. La traición, conviene que quede claro, no consiste en negar un viaje retrospectivo que ni siquiera parece al alcance del bosón de Higgs, por mucho que un laboratorio europeo dijera lo contrario, sino en esperar que la sociedad repita de forma mecánica su discurrir futuro, posicionados vocacionalmente contra el cambio, sea social, cultural o tecnológico.

—Pero, entonces, ¿no hay momento de la historia que no hubiera querido disfrutar?

Oiga, yo no digo eso. Hubiera matado por seguir a Bob en aquellos conciertos, por encontrarme con Dersú Uzala sirviendo en el batallón de Arseniev, por escuchar a Robert Johnson en un tugurio de Mississippi o a Sam Cook en su actuación del Harlem Club, por vislumbrar en el estudio, casi terminadas, Las señoritas de Avignon, por haber asistido junto a Antonio Machado a la proclamación de la II República en Segovia, mientras la bandera tricolor era izada en el ayuntamiento y la banda interpretaba el «Himno de Riego» y la «Marsellesa»…

El problema es que, ni más listo ni más tonto que ustedes, ¿cómo demonios estar seguro de que me fliparía haber sido centurión romano, corsario inglés, vanguardista en el París de Joyce, si ni siquiera sé si en 1979 hubiera amado La leyenda del tiempo o la habría quemado en la calle, como hicieron tantos? Si el propio Camarón, en fin, dudó del experimento y en 1981 reapareció con Como el agua, o sea, con la vuelta, relativa pero inequívoca, a los rediles del clasicismo. Sin haber chupado el magma de ese tiempo, hijo inevitable de otro, todo lo que especule será juego mental, consomé de cerebro, más curioso que verdadero y más simpático que revelador. Antes que en una época esplendida y remota, antes que enfrentarme al imposible sudoku de adivinar las emociones de haber acompañado a Toro Sentado o el impacto de haber asistido al estreno de Un perro andaluz, sobrevivo panza arriba en esta esquina del calendario y escruto las novedades con la ilusión imprescindible de quien espera no haberse echado a perder del todo ni vivir momificado y sin saberlo.

Viajar por la historia para verla el primero