Vampiros, anorexia y romances LGBT+: así empieza “Esos monstruos a los que amamos”

En su último libro, “Esos monstruos a los que amamos”, la escritora española Andrea Tomé regresa con una novela juvenil sobre vampiros, trastornos alimenticios y romances LGBT+.

Esos monstruos a los que amamos, de la española Andrea Tomé, es una novela juvenil sobre la sed y el hambre. Por un lado, la sed de sangre de Henry, un excéntrico y encantador vampiro. Y por el otro, el hambre de Cassie, la protagonista, que padece un severo trastorno alimenticio.

Ambientada en Estados Unidos durante mediados y fines de los 90, Esos monstruos a los que amamos sigue la historia de Cassie, una joven que no encuentra su lugar en el mundo. Esta adolescente vive con su madre, su hermano y el marido de su madre, quien dificulta la adaptación de la protagonista ya que deben mudarse constantemente por su trabajo.

Por su parte, Cassie está enamorada de Nora, su mejor amiga, de quien tuvo que separarse después del último cambio laboral de su padrastro. Pero la joven hará todo lo posible para reencontrarse con su amiga y amada, incluso embarcarse en un extenso y peligroso viaje de carretera junto a Henry, que, aunque ella no lo sepa, es un vampiro. Pero nada de esto importa ante el apuro de Cassie, que necesita llegar a Texas antes de que Nora ingrese a rehabilitación, puesto que esta, al igual que la protagonista, también padece anorexia.

En palabras de su autora, Esos monstruos a los que amamos, editada por V&R, “es una novela sobre vampiros pero también es una novela sobre el hambre, todo lo que nos hace humanos y todo lo que nos hace monstruos. Es para todos los que seguimos escuchando Nirvana en 2022 y para aquellos que han sentido alguna vez que no encajaban en el mundo”.

"Esos monstruos a los que amamos", de Andrea Tomé, editado por V&R.
“Esos monstruos a los que amamos”, de Andrea Tomé, editado por V&R.

Era el otoño de mis diecisiete años, el asiento del copiloto del Acura Legend de Tara Ramos olía a brillo de labios de fresa y a cigarrillos mentolados, yo era popular por primera vez en mi vida y me odiaba tanto que me dormía todas las noches llorando y deseando vivir una vida exactamente igual a la mía, pero siendo feliz.

Lo cierto es que me había pasado todo el verano esperando ser yo misma. Luego llegó septiembre y mamá y Robert, su marido muy estadounidense (sonrisa de dentífrico incluida), me enrolaron en el instituto público de Lompoc, California. La ecuación de mi popularidad había sido sencilla: Lompoc no tenía un equipo de gimnasia, por lo que acabé en el equipo de animadoras. Eso ayudó, como toda la historia del trabajo de Robert, y todo el peso que había perdido cuando vivíamos en Texas y Nora Chai era mi mejor amiga y el periódico escolar seguía siendo mi extracurricular favorita.

Eso me llevaba al asiento del copiloto de Tara Ramos. Estábamos aparcadas frente al Ice in Paradise, la pista de hielo en la que trabajábamos, apurando nuestra comida y observando a la gente que pasaba y charlando de todo y de nada.

–¿Sabías que Eric LeDuc ya no trabaja en la pizzería? –dijo Tara, dándole un sorbo muy, muy rápido a su Pepsi light.

Aparté la mirada y separé mi sándwich en tres partes (el Arizona pan, de cuyas cortezas me deshice; el queso, que tiré a la basura antes de que me invadiesen su olor/su textura/la manera en la que la luz de noviembre se reflejaba sobre él; y el jamón).

–Estás bromeando –dije, metiéndome media loncha en la boca–. Vino a traernos pan de ajo a la sala de descanso hace como dos días.

Tara se encogió de hombros y cambió de emisora. Sonaban los Smashing Pumpkins.

–Fue ayer. Le prendió fuego a uno de los cubos de basura del aparcamiento o algo parecido.

Puse los ojos en blanco.

–Diablos, si fuese un poco más estúpido los cerebritos del gobierno tendrían que atraparlo y analizarlo.

–O sea Robert, ¿no?

Alcé dos dedos.

–Nah, los tipos de la NASA son como los atletas de los científicos.

De haber estado allí, Nora habría precisado: “cerebritos con ínfulas”. Tara, que no tenía su fuego, que era más ligera que el aire, solo se rio.

Saqué una manzana (verde, mediana, sin fisuras) de mi mochila y la balanceé sobre la palma de mi mano. Era como sostener todo el peso del mundo.

Conocí a Nora en la “casilla de salida”, ahora que lo pienso, cuando todavía vivíamos en la base de la NASA de Houston. El trabajo de Robert implica mudarnos constantemente, de una base a otra, y aunque de buenas a primeras pueda resultar interesante (el inocente de mi hermano pequeño, Lucas, está encantado con la idea, y ya considera a Robert una especie de dios), echo de menos nuestro destartalado y pintoresco piso de Malasaña, nuestros excéntricos vecinos y el antiguo trabajo de mamá como maquilladora de efectos especiales.

Pero me gustaba Texas. De todos los lugares en los que habíamos estado, Texas había sido mi único amor, por decirlo de alguna manera. Me gustaban los colores tan maravillosos del cielo, la comida grasienta y confusamente deliciosa de los partidos de fútbol los viernes por la noche y las luces de los rascacielos de Houston desde la ventana de mi habitación. Y me gustaba Nora. Por supuesto.

La española Andrea Tomé, escritora y filóloga, es autora de libros como "Corazón de mariposa", "Entre dos universos", "Desayuno en Júpiter" y "El valle oscuro".
La española Andrea Tomé, escritora y filóloga, es autora de libros como “Corazón de mariposa”, “Entre dos universos”, “Desayuno en Júpiter” y “El valle oscuro”.

Me gustaban las mañanas temprano con ella, apurando nuestro americano en el Whataburger antes de ir a clase, y me gustaba ir a verla correr al salir de un entrenamiento de animadoras, y me gustaban las citas de estudio que se acababan convirtiendo en citas para ver pelis de miedo (estaba intentando educarla en el tema).

Pero, ante todo, me gustaba que hablásemos en el mismo idioma, por ponerlo de algún modo.

Cuando estás hundida hasta el cuello, es fácil reconocer a otras personas que están subidas al mismo barco que tú. Están los pequeños comportamientos, como la manera en la que Nora rodeaba sus muñecas con los dedos (el pulgar tocando el índice, luego el corazón, luego el angular, y finalmente el meñique) o cómo se acariciaba las clavículas cuando estaba nerviosa, como si quisiera asegurarse de que seguían ahí y seguían sobresaliendo. Otras cosas, también. Cosas físicas, como las ojeras (como marcas de café en un papel) o la manera en la que el pelo se vuelve más fino en las sienes.

Nora y yo conocíamos el hambre, y a través del hambre nos conocimos la una a la otra. Y no nos separamos ni un solo día hasta que, inevitablemente, tuvimos que hacer las maletas y dejar Houston, Texas, por Lompoc, California.

Si me preguntan, era una mierda enorme. Era una mierda con todas las letras, pero no podía decir nada al respecto porque sabía que mamá era feliz por primera vez desde hacía años y porque, a fin de cuentas, ya causaba bastante preocupaciones solo existiendo y deseando existir en un cuerpo más pequeño.

Volví a guardar la manzana, intacta, y alcé la vista para darme de bruces con Texas en sí. A Texas hecha un chico de dieciocho años con problemas para regular su temperatura corporal y un cuestionable sentido de la moda, al menos.

–¿Qué hay, Henry? –lo saludó Tara, girando la manivela hasta abrir la ventanilla al máximo.

Henry James Buckley, todo pecas en las mejillas y rizos trigueños y manazas de jugador de fútbol, le dio un último sorbo a su sopa y nos sonrió.

–Y yo que me preguntaba quién había sido el simpático que había tirado esa loncha de queso al suelo…

Zarandeé mi sándwich mixto en el aire como respuesta.

–Soy intolerante a la lactosa.

–¿Y te traes un sándwich de queso porque…?

Me gusta el sufrimiento.

Henry se inclinó sobre la ventanilla abierta, de modo que pudimos oler su desodorante deportivo, y tamborileó los dedos sobre el techo del coche. Puesto que llevaba guantes, el sonido que emitió fue sordo.

–Deberías dejar de ver tanto la MTV.

–Y tú –repliqué, mirando de arriba abajo su anorak, sus pantalones de esquí y sus sempiternas botas de cowboy– deberías dejar de vestirte como un vaquero de expedición en la Antártida.

–Bueno, alguien tenía que traer un poco de estilo por aquí. –Se volvió hacia Tara, que se estaba retocando el brillo de labios–. No era por ti, tesoro. Nunca has hecho nada mal en tu vida y cada jornada de trabajo contigo es una bendición y un privilegio. –Le tendió su vaso de sopa–. ¿Quieres? Bun bo Hue, del vietnamita de la esquina. Está buena.

Tara negó con la cabeza, sonriendo, y volvió a guardarse el brillo de labios en el bolsillo trasero de los vaqueros. Tara no creía en compartir la comida ni en tocar las superficies del transporte público con las manos y desde luego tampoco en beber de las latas de las máquinas expendedoras.

–Se nos está acabando el descanso, ya sabes.

–No me lo recuerdes –masculló Henry, fingiendo maravillosamente bien que alguien le clavaba un puñal en el corazón–. Venir aquí cada noche es mi cruz y mi maldición.

Henry solo trabajaba los turnos de noche (cuando había partidos de hockey o de curling, aunque nadie de por aquí daba un centavo por el curling). Lo difícil era hacerlo callar, eso era prácticamente todo lo que sabíamos de él. Que trabajaba por las noches, que era de Texas y que, de hecho, algo así como una lesión deportiva le había impedido jugar para los Longhorns, en la universidad.

Por supuesto, lo que hizo a continuación tampoco resultó demasiado revelador. Estiró un poco más el brazo, de modo que su condenado vaso de sopa entró en el coche, y arqueó una ceja.

"Esos monstruos a los que amamos" trata la anorexia y los trastornos alimenticios sin romantizar esta problemática, sino contándola en primera persona como algo que, a pesar de sus diversas dificultades, puede superarse.
“Esos monstruos a los que amamos” trata la anorexia y los trastornos alimenticios sin romantizar esta problemática, sino contándola en primera persona como algo que, a pesar de sus diversas dificultades, puede superarse.

–¿MTV? Te prometo que no tiene queso.

Olía a calor, a especias y a hogar. Olía a estar viva y despierta. A lo contrario de la niebla mental y a las noches en familia.

Sacudí la cabeza.

–Tara tiene razón. Deberíamos dejar de holgazanear y volver al trabajo y esas cosas.

Henry torció el gesto, tamborileando los dedos una vez más antes de separarse del coche.

–Bueno, como tú quieras. Nos vemos ahí dentro.

Sus botas hicieron un clic-clac contra el pavimento. Su espalda, ancha y fuerte, se fue haciendo más pequeña en el horizonte hasta desaparecer.

Tara suspiró.

–Un feriante.

–¿Qué?

–A lo mejor eso es lo que era antes de venir a California. Un feriante. Habla un poco como ellos.

–¿A cuánto sube ya la apuesta?

–Setecientos dólares.

Silbé. El Ice in Paradise era un lugar tan deprimente (en el que la gente pretendía gustarse cuando no querían usar las cuchillas de sus patines para rebanarse la yugular en un acto de homicidio competitivo) que tratar de averiguar el pasado de nuestro compañero más entrañablemente excéntrico se había convertido en nuestro deporte olímpico de preferencia.

–Yo creo que secretamente es un chico rico.

Tara resopló.

–Ajá, que iba a trabajar aquí si tuviese dinero.

–Bueno, a lo mejor sus padres son de esos ricachones que no te dan ni un dólar porque esperan que aprendas por ti mismo lo que es el trabajo duro y estupideces por el estilo.

–No sé. ¿Y qué me dices de…?

No terminó de formular la pregunta no porque acabase de tener un momento eureka, sino porque mi localizador acababa de pitar.

–Si es Big Joe que se aguante –dijo Tara mientras me lo sacaba del bolsillo delantero–. Todavía nos quedan dos minutos.

ROBERT Y YO TENEMOS ALGO QUE CONTARLES A LUCAS Y A TI

Fruncí el ceño, guardando la mitad restante de mi sándwich en la mochila. Sabía que no podía ser nada relacionado conmigo o con mi peso porque me había asegurado de no haber bajado de la semana anterior a la otra. Además, Lucas no tenía ni idea de nada de todo eso. Estaba convencido de que había desarrollado unas papilas gustativas radioactivas, o algo sí. En serio. Habló de ello un día en su clase. Al parecer, las palabras exactas que utilizó fueron “mi hermana Cass no come nada, ni siquiera sopa”. Su profesora llamó a mamá para comentárselo.

Aquella no fue una semana divertida para nadie. Mamá me prohibió volver a pasar tiempo con Nora (la llamó una mala influencia) y le pidió a la doctora Hayes que me viese dos veces por semana en lugar de una. De todas maneras, nada de todo eso importó mucho, porque tres semanas después ya nos estábamos preparando para venir a California.

De la misma manera que nos marcharemos ahora. Ese era el único cataclismo, la única Gran Razón por la cual mamá convocaba reuniones familiares aquellos días.

–¿Cass?

Tragué saliva, sintiendo la ropa mucho más áspera y pesada contra mi piel.

–Era mi madre. Creo que nos vamos. –Forcé una sonrisa seca como el polvo–. Creo que nos vamos de California.

♦ Nació en Ferrol, España, en 1994.

♦ Es escritora y filóloga.

♦ Escribió novelas como Corazón de mariposa, Entre dos universos, Desayuno en Júpiter, El valle oscuro, La luna en la puerta, Kiss & Cry, La chica de hielo y Lo que permanece.

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